sábado 21 de noviembre de 2009

Y el ganador es...

¿Yo?

¿En serio?

Se percibe la completa parcialidad en este asunto, ¿no es así?

Y pensaréis, mis exiguos y sigilosos lectores, si es que os puedo mencionar en plural, que la Academia de la Artes y los Bloggers está podrida, ¿verdad?

Consideraréis que este honor me ha sido otorgado por la sincera y verdadera sentimentalidad que me une a la persona que me lo ha querido regalar y que yo acepto con suma satisfacción, ¿cierto?

¿Y qué importa? Seguro que sentís un insalubre y pandémico resentimiento al ser conscientes de que la maravillosa autora Susurros Mortales, desde su espléndido y productivo blog Pasión Oscura, ha creído oportuno dotar a este desértico páramo de esporádica y eventual fantasía de un premio de estas características:



Este premio tiene sus reglas que son:

1. Mencionar y enlazar a quién lo concedió.
2. Explicar de qué se trata el premio.
3. Elegir y enlazar cinco blogs para continuar el premio.
4. Anotar las reglas
5. El diseño y reglas del premio son inalterables.

El premio se trata del reconocimiento a esos blogs y temática que nos transportan a una sana fantasía, que como dijo el escritor J.R.R. Tolkien: "La fantasía es una actividad humana natural, que no destruye ni ofende la razón; al contrario, cuando más aguda y clara es la razón, más capaz será de producir buenas fantasías, lo cual es muy positivo e incluso irónico."

Pues bien, mencionaré otra vez, e infinitas veces más si es necesario, a la creadora de fantasías que me ha dispensado con este premio esta mañana, pero que me lleva agraciando con su amor desde hace unas semanas: Susurros Mortales

Desconozco si podría ser merecedor de esto, pero si alguien necesita explicación para comprenderlo, supongo que puedo detallar brevemente que se trata de una mención destinada a aquellos espacios virtuales o blogs en los que se puede percibir cierto sustrato fantástico, ya sea literaria o informativamente.

En mi caso, hay escasa literatura, cierta información, pero desbordante imaginación, pues mi vida está totalmente ligada a la fantasía desde que tengo uso de razón, y puede que no sea un escritor, pero soy un incomparable e insaciable lector. Y, asimismo, fanático talibánico del maestro Tolkien desde hace unos 15 años. Puede que no sea suficiente, pero esas son mis credenciales.

Por último, voy a trasgredir la normativa del premio, pues bien sabéis que soy un inconforme rebelde, pero en este caso con causa, ya que no podría enlazar cinco blogs a los que entregarles este galardón... ¡no conozco a prácticamente nadie en estos lares! jajaja

¿Todavía os seguís quejando?
¡Recordad que le dieron 11 Oscar a Titanic!, ¿por qué no podrían darme este premio?
Meditadlo concienzudamente mientras os mineralizáis y supervitamináis.

Mientras tanto, yo seguiré sintiéndome muy afortunado de que mi oscura apasionada esté siempre a mi lado.

jueves 19 de noviembre de 2009

En otro mundo, en otro tiempo, en la era de la maravilla...

... hace mil años, esta tierra era verde y era buena, hasta que se quebró el cristal y un trozo se perdió, un fragmento de cristal. Así empezó la profecía. Y aparecieron dos nuevas razas: los crueles Skekses y los apacibles Místicos. Aquí, en el Castillo del Cristal, los Skekses tomaron el poder. Ahora, los Skekses se reúnen en la Cámara Sagrada donde el Cristal pende sobre una columna de aire y de fuego. Los Skekses, de cuerpos duros y retorcidos, de mentes duras y retorcidas. Mil años llevan gobernando. Y ahora, sólo quedan diez de una raza agonizante, dirigidos por un emperador agonizante, prisioneros de sus propias vidas en una tierra agonizante. Hoy se reúnen de nuevo ante Cristal, cuando el primer sol llega a su punto mas alto. Así es la costumbre de los Skekses, llegar a extraer nueva vida del sol, como lo es también la de saquear las tierras. Hoy, nuevamente, se llenarán de energía, engañarán a la muerte a través del poder de su manantial, su tesoro, su destino... El Cristal Oscuro.





En un ominoso alcázar en mitad de un funesto confín, donde la negrura tiñe el firmamento y cegadores relámpagos fragmentan los cielos, una abominable raza de seres abyectos y torturados, los Skekses, veneran con exacerbado fervor una joya de violáceos prismas e infinito poder, conocida desde tiempo inmemorial como el Cristal Oscuro. Con este artefacto de oscura majestad, este poético y bucólico mundo de eterna fantasía fue subyugado por esta estirpe de despiadados y repulsivos brujos, casi reduciéndolo a una vacua carcasa de lo que otrora fue un lugar de excelsa maravilla y eminente prosperidad. Desde sus siniestros dominios, han logrado aplastar, someter y esclavizar a todos los pueblos libres de este espléndido multiverso, haciendo uso de toda clase de ardides, fundados en la amenaza, la traición y la muerte. Pero ahora, sólo quedan diez y su emperador está moribundo.


Sin embargo, en el otro linde del mundo, en una aldea de majestuosa boscosidad, donde el verdor lo envuelve todo y los cielos son diáfanos y esperanzadores, una apacible raza de seres sabios y serenos, los Místicos, meditan sosegadamente en un arcano ritual sobre el sino del mundo en el que habitan, siento una profunda turbación en sus elevados pensamientos. Estos benévolos magos de naturaleza tranquila y pacífica, dedican sus interminables eras de existencia a cultivar la erudición y custodiar las artes, las cuales dominan en todas sus vertientes con una prodigiosa maestría. Pero, en este momento, sólo quedan diez y uno de sus maestros está moribundo.


Con este naciente plantamieanto, el genio marionetista y director de cine y televisión, Jim Henson, al que tanto le debemos los soñadores y amantes de la fantasía, nos deslumbró, abrumó y estremeció a todos con su extraordinario film titulado, como he mencionado en mi introducción varias veces, El Cristal Oscuro, estrenado en el año 1982. La maestría y la originalidad de esta obra cinematográfica, que no siempre ha sido valorada como merecía, la ha convertido en una de las principales películas culto dentro del género fantástico y no es para menos, pues no sólo contiene una ambientación única, una trama rica en matices, una banda sonora inigualable y unos personajes profundamente carismáticos, sino que cuenta con el añadido mérito de que está íntegramente rodada con marionetas, tanto los seres que figuran en cada escena como los propios escenarios, que parecían estar dotados de vida propia, pues todos ellos fueron diseños y construídos para que estuvieran en permanente movimiento, como si este mundo latiera por sí mismo, fuera exuberante y cambiante. No podríamos esperar menos del talentoso creador de los Teleñecos, de Fraggle Rock, de la deliciosa serie El Cuentacuentos y de la legendaria película, Dentro del Laberinto. Por lo tanto, el legado que nos deja este hacedor de fantasía y quimera es absolutamente monumental e incalculable. Su vida y obra fueron revolucionarias para el cine y la televisión, reinventando el modelo de entretenimiento infantil y propiciando que los adultos volvieran a sentirse niños.


Mención aparte me veo obligado a realizar para remarcar y destacar también la participación del increíble ilustrador fantástico Brian Froud, que se encargó de esbozar muchas de las criaturas y lugares que figuran en esta inventiva, entre ellas, la anatomía de las principales razas y la de los protagonistas, realizando una encomiable labor y dotando de su propio espíritu idealista y asombroso al cómputo general de la cinta.


Respecto a la propia película, encontramos como protagonista a un introvertido joven, de aspecto humanoide, conocido como Jen, que pertenece a la denominada raza de los Gelfings, la cual quedó prácticamente sumida a la extinción por parte de los nauseabundos y sátrapas gobernantes del mundo, los Skekses. Sin embargo, tuvo la buena ventura de ser rescatado por un miembro de la raza de los Místicos, tolerantes y benevolentes por encima de cualquier otro ser del mundo, al que siempre consideró su Maestro. Le enseñó todo lo que necesitaba saber de la vida... excepto aquello para lo que estaba predestinado, que era precisamente la recomposición el Cristal Oscuro, para que así el mundo retornara a su equilibrio original. La muerte de su Maestro le trajo esta revelación y su vida se tornó totalmente distinta a lo que había sido hasta entonces, teniendo que asumir una responsabilidad que jamás habría pensado que tendría. En su aventura se encontró con una dulce e inocente chica, llamada Kira, de melodiosa voz y sobrenatural empatía animal, que también era de su misma raza Gelfing, cuando tanto él como ella pensaban que eran los únicos supervivientes.


Así fue como Jen y Kira, unidos por una misma ilusión y, probablemente, por el creciente sentimiento que crecía en su corazón, compartieron esta legendaria odisea en la que se encontraron con múltiples peligros y enigmas y nunca tuvieron una firme determinación, pues consideraban que su fuerza y su poder no podían equipararse a la monstruosa majestad de sus enemigos, pero que, a medida que avanzaban en su devenir hacia el objetivo final, fueron siendo conscientes de que el destino de este mágico universo reposaba sobre sus pequeñas manos.


Por lo que se refiere a mi propia concepción de esta creación, siempre la consideraré una fundamental pieza dentro de mi reino fantástico interior, pues todavía recuerdo cuando la contemplé, por primera vez, siendo muy pequeño, sintiendo un irracional temor en el visionado, ya que no estaba habituado a algunas de las deleznables y blasfemas criaturas que aparecen en el film, pero, con el paso del tiempo, me percaté de que no era una película precisamente infantil, a pesar de que un niño de determinada edad podría llegar a disfrutarla, era mucho más. Se trata de una pesadilla de desbordante originalidad y visionaria capacidad, que se va convirtiendo en un sueño a medida que el argumento se va desarrollando, transmitiendo esa sensación que te sugieren algunas cosas de que estás ante algo irrepetible, mágico, brillante, único y grandioso. Esa sensación de que es un tesoro... de que es una película de las que ya nunca se volverán a hacer.




Pues Cristal Oscuro es como una Escritura. ¿Y qué es una Escritura? Es una pregunta que Kira le hizo a Jen y Jen, asimismo, le hizo a su maestro. Una Escritura son palabras que no se borran, igual que el recuerdo de esta maravillosa película, que siempre permanece en la mente y el corazón de aquellos que han podido disfrutarla...

... y es una experiencia inolvidable volver a verla, especialmente si es en compañía de alguien con quién compartes estos sueños de fantasía.

martes 17 de noviembre de 2009

La Espada Rota

En una tierra en la que el reino de Faerie existe en una dimensión paralela a la del mundo de los hombres, Skafloc, el ahijado de los elfos, habrá de liberar la terrible maldición que pesa sobre Tyrfing, la poderosa espada rúnica que rompió Thor y que ahora vuelve a ser necesaria para salvar a los elfos en su guerra contra los trolls. Pero Skafloc también habrá de enfrentarse a su propia sombre: Valgard, que ha ocupado su lugar en el mundo de los hombres.


La vespertina atmósfera otoñal es proclive, en quórum sentimental, a la exacerbada melancolía, la dolorida soledad y insondable tristeza que el psique asocia con nuestra hipotética y sobrenatural alma. Es una cuestión meramente antropológica, si se ha de indagar por una argumentación racional, mas no debería hacerlo, puesto que sería una falta de respeto absoluta hacia aquellos que fundamentan su lacrimógena inspiración durante el equinoccio y un otrora contrasentido, pues yo mismo, en mi mohíno devenir, también he abrazado la hojarasca caída del pálido paisaje y la ambarina atmósfera del atardecer para dotar a mis pensamientos y reflexiones de esta fase estacional de nostálgica percepción.


De este modo, tras una velado juicio hacia las turbaciones que en un pasado para nada remoto o lejano sentía y no añoro, me decantaré por reseñar sucintamente sobre una obra de primigenia fantasía, piedra angular de muchas otras posteriores, que ha sido zaherida y menospreciada por las décadas ulteriores a su publicación, inocuamente por supuesto y que, a su vez, se ha proyectado en mi mente tras una copiosa comida y una sorpresiva ensoñación en un confortable diván que no siempre está preparado para los devaneos de un lunático, que incluso también sirve para descansar.

Y es que, ni siquiera en mis sueños crepusculares, hay lugar para la nostalgia, pues mi interior está alborotado por otra clase de sentimientos vinculados al amor, la pasión, la impetuosidad, la paciencia, la dedicación, el sacrificio, el recuerdo y la compensación, sólo faltaría el infortunio y la tragedia para confluir en todos los elementos de esta obra de Poul Anderson, que comenté en otro lugar y con otro pseudónimo, y que ahora recojo para mostrar por estos lares, cuyo nombre es...



La Espada Rota es, quizá, una de las novelas más infravaloradas e injustamente olvidadas que existe. Su mayor problema fue el año de su publicación, que fue 1954, precisamente el mismo en el que un filólogo sudafricano, conocido como Juanito Tolkien, sorprendía al mundo con su Comunidad del Anillo. Y, éste, desgraciadamente, ha sido un lastre que ha ido arrastrando esta novela hasta la actualidad.



No obstante, es un libro que sobrevivió a las eras, mal editado (concretamente, por la desaparecida y arcaica editorial Ultima Thule, que tiene más años que la rueda pulimentada) y en un vetusto rincón de la biblioteca, esperando a que alguien le diera una oportunidad, cuando se llevaba décadas idolatrando la obra de Tolkien. Y yo lo tomé prestado durante unos días, me sumergí en Faerie y supe que estaba ante una de las obras más importantes de la Fantasía, por la notoria influencia que había ejercido hacia muchas otras novelas posteriores .

El planteamiento es sencillo, en el que se juega con la dicotomía de dos mundos, el nuestro y Faerie, el de los elfos, trolls, hadas, brujas, hechiceros y duendes, que conviven en relativa armonía, pero por la sencilla razón de que el primero de esos mundos ignora la existencia del segundo. Pero esos mundos pueden llegar a entrar en contacto, sobre todo cuando se secuestran a seres humanos para que sean criados entre los elfos mientras se producen vengativas conspiraciones brujeriles para que todo termine saliendo terriblemente mal...


Al igual que El Señor de los Anillos, incluso más que éste, recoge gran parte de la tradición y mitología nórdica, céltica y sajona, y la plasma en un contexto fantástico de manera brillante y eficiente. El brillante reino de Alfheim, hogar de los elfos, las oscuras y brutales tierras de Trollheim, cubil de los trolls y el misticismo de los Tuatha De Dannan irlandeses, los duendes y hadas, que están en su eterno conflicto por la hegemonía de Faerie. Todo ello, bajo la atenta mirada de los Aesir, los Dioses Vikingos, que también aparecen en el libro, junto con sus ancestrales enemigos, los Jotun, los Gigantes.


El estilo es mucho más cruento que el de Tolkien, con pasajes desgarradores, tortuosos, violentos, brutales y trágicos, como toda buena saga de literatura escandinava, pero con ese sustrato fantástico, que se percibe en la magia, las emociones, la determinación, la valentía y la épica que está presente en toda la obra. Los personajes están muy bien definidos, donde Skafloc representa el arquetipo de héroe y, como antítesis, está su gemelo, Valgard, que se erige como un personaje atormentado, cruel y malvado.

En líneas generales, es un libro que se deja leer muy bien, que te atrapa a medida que devoras sus páginas y, además, que trata con rigor y acierto la tradición nórdica y céltica, por lo que cualquier amante de lo vikingo, lo celta o lo germano, disfrutará por añadido con este libro (os lo dice un estudiante de Historia que se ha tragado con patatas todas las Eddas).

En definitiva, una obra que sentó cátedra y que vinculó a muchos otros autores, pero que ha pasado inmerecidamente desapercibida. Altamente recomendable para aquellos cuyos sueños no se circunscriben sólo al ámbito nocturno y onírico.

domingo 15 de noviembre de 2009

¡Yo soy la herida y el cuchillo!

A una madona
del blasfemante y herético poeta, Señor de la Lírica Maldita, Charles Pierre Baudelaire



Yo quiero erigir para ti, Madona, mi amante,
Un altar subterráneo en el fondo de mi angustia,
Y cavar en el rincón más negro de mi corazón,
Lejos del deseo mundanal y de la mirada burlona,
Un nicho de azur y de oro todo esmaltado,
Donde tú te erigirás, Estatua maravillosa.
Con mis Versos pulidos, enmallados por un puro metal
Sabiamente constelado de rimas de cristal,
Yo haré para tu cabeza una enorme Corona;
Y de mis Celos, oh Mortal Madona,
Yo sabré cortarte un Manto, de manera
Bárbara, tieso y pesado, y forrado de sospechas,
Que, como una garita, encerrará tus encantos;
No de Perlas bordado, ¡sino de todas mis Lágrimas!
Tu Ropa, será mi deseo, trémulo,
Ondulante, mi Deseo que sube y que desciende,
En las cimas meciéndose, en los valles reposando,
Y reviste con un beso todo tu cuerpo blanco y rosado.
Yo te haré de mi Respeto, hermosos Escarpines
De raso, para tus pies Divinos humillados,
Que, aprisionándolos en un muelle abrazo,
Cual un molde fiel conservarán la impronta.
Si yo no puedo, malgrado todo mi arte diligente,
Por Peana tallar una Pluma de plata,
Pondré la Serpiente que me muerde las entrañas
Bajo tus talones, a fin de que tú pises y te mofes,
Reina victoriosa y fecunda en redenciones,
Este monstruo hinchado de odio y de salivazos.
Tú verás mis Pensamientos, alineados como los Cirios
Ante el altar florido de la Reina de las Vírgenes,
Estrellando el cielorraso pintado de azul,
Mirándote siempre con ojos de fuego;
Y como todo en mí te quiere y te admira,
Todo se hará Benjuí, Incienso, Olíbano, Mirra,
Y sin cesar hacia ti, cumbre blanca y nevada,
En Vapores ascenderá mi Espíritu tempestuoso.
Finalmente, para completar tu papel de María,
Y para mezclar el amor con la barbarie,
¡Negra Voluptuosidad! de los siete Pecados capitales,
Verdugo lleno de remordimientos, yo haré siete Puñales
Bien afilados, y, como un juglar insensible,
Tomando lo más profundo de tu amor por blanco,
¡Yo los plantaré a todos en tu Corazón jadeante,
En tu Corazón sollozante, en tu Corazón sangrante!



Las palabras patinan en mi mente en la baladí pretensión de hablar, aunque sea someramente, de este inventor de oraciones malditas y progenitor de profanos versos. No pocos son los lustros que atormento mi existencia con las terribles dicciones de este condenado autor, probablemente mi predilecto entre los poetas, por esa naturaleza bohemia, excesiva, penosa, exaltada y apasionada. Incluso violenta, cruenta y abyecta, en ocasiones.

Cuando osé leer por primera vez su majestuosa y execredora obra, "Las Flores del Mal", donde figura también este truculento, siniestro y voluptuoso poema, sentí como si hubiese sido desvirgada mi alma por una punzante y cáustica sensación de zozobra, que me provocó, de inmediato he de decir, un interés creciente y talibán por cualquiera de sus composiciones.

El Maldito se manifestaba ante mí como una vieja y corroída trampilla en un oscuro y polvoriento pavimento, del que pendía una herrmubrada argolla, de la cual tiraba hasta que se abría ante mí una enloquecedora escalinata que desciende hacia el más insondable e infame de los infiernos humanos. El pandemónium dantesco de la decadencia y del simbolismo de Charles Baudelaire.


Su existencia fluctuó entre el descaro, el abuso, el libertinaje y la incomprensión, pues poseía un arrollador carácter y un desbordante temperamento que fronterizaba con una profunda locura y un delirio constante. Se consideraba pernicioso y maligno, pero no le importaba en absoluto, a pesar de que jamás es excusable ser malvado, pero hay cierto mérito en saber que uno lo es. Cohabitaba entre otros literatos, artistas y rameras de toda índole, a los cuales consideraba como iguales (para él, el Arte no es más que mera Prostitución) y en los que se imbuyó para inspirar sus propias obras. Una creación caracterizada por su oscuro y decrépito Romanticismo, que preludiaba un cambio de era en la literatura, hacia unos funestos y desconcertantes derroteros: el Simbolismo.


Entre enajenantes drogas, embriagadores alcoholes y prostibulares bacanales nos traspasó su atroz, atrayente y perturbadora creación literaria, perseguida y condenada por sus contemporáneos, pero que resultó estéril tratar de censurar pues sojuzgada a cualquier alma que se atreviera a contemplarla, a la dulce sentencia de sentirse hechizado por los ideales de un hombre que encontró el medio para bajar al Averno siempre que lo deseaba, para después regresar entre nosotros y narrarnos lo que había visto, sentido y padecido. No obstante, en uno de esos mefistofélicos peregrinajes no pudo regresar, aquejado de diversos y angustiosos males, que terminaron por encarcelarle en el perpetuo castigo que él mismo sabía que merecía: trascender en la Historia como el mayor Maldito que ha existido nunca.

Pero, como él mismo se preguntó, ¿qué le importa la condena eterna a quien ha encontrado por un segundo lo infinito del goce?


Y aún todavía hoy siento ese inefable afán de precipitarme por esa escalera hacia los recodos más angostos de la más perversa y detestable de las líricas... una lírica que por este carácter se erige como un fascinante embrujo de atracción, deseo y cautivación, que me resulta inverosímilmente repelible.


No podría ser de otra manera, pues en los versos que he rescatado efímeramente del mismísimo infierno, encuentro inspiración y absorción, pues yo mismo siento ese maléfico deseo por alguien, una madona, mi madona, a la que también miro con encendidos y abrasadores ojos de fuego...

Y es que mi vida se encuentra anegada por un interminable y fecundo eclipse, en el que deseo residir durante el resto de mi existencia, pues el amor puro es un sol cuya intensidad absorbe todas las demás tareas...

viernes 13 de noviembre de 2009

En el cielo...

Una canción de canciones, un verdadero himno para aquellos que sienten o desean sentir una emoción tan primordial y humana como es el amor, un cúmulo trascendental de sentimientos que te impele para que lo abraces y quieras rendirle homenajes cada instante. Pero, en este caso, he de decir que mi loa no es al término abstracto que implica amar, sino a la personificación actual que me permite sentirlo como lo siento...

... porque mañana se producirá un encuentro que llevo esperando desde que me siento vivo, que he considerado como utópico y que ahora sé que es inminente y real...

Esta canción es para la sirena de mis sueños, a la que mañana esperaré en el linde del mar, que es dónde siempre habíamos deseado conocernos aún sin tener constancia el uno del otro...

En este particular y único cielo... NUESTRO CIELO:


www.Tu.tv

Y mi varada sirena, mi bella musa, mi princesa persa, mi reina de fantasía y mi dulce soñadora siempre tuvo nombre, ahora lo sé.

Te quiero, Loreto.

martes 10 de noviembre de 2009

Un único remedio


Cuenta la leyenda o la leyenda siempre quiso contar que en un lugar de ensueño que cualquiera podría imaginar había un feudo cuya dicha y prosperidad no tenían rival. Era en un castillo de resplandeciente ebúrneo y perlados torreones que se alzaba en lo alto de una ladera, emplazado en sus paredes como si de la misma roca se erigiera, elevándose, a su vez, majestuoso e inexpugnable sobre un bucólico valle de espeso robledal y cristalinas lagunas, donde el sol y la luna sólo visitaban para admirar. En esta ciudadela de fantasía, una pareja de enamorados y honrados reyes regía, pues ese amor que se profesaban era tan puro y sincero que con cada decisión que tomaban, el pueblo se sentía siempre partícipe de su cariño verdadero.

Antes de conocerse, el rey tenía un carácter huraño y esquivo, siempre con una hosca expresión en su rostro y palabras que dañaban más que un dardo mortal cada vez que las pronunciaba. La reina, cuando todavía no lo era, poseía una naturaleza idealista pero alejada por completo de la realidad, puesto que sólo habitaba en lo que su mente podía imaginar, provocando que no tuviera relación alguna con el resto de personas que la rodeaba. Pero todo esto cambió cuando, en un fortuito encuentro, mientras ambos deambulaban sin rumbo por el linde de uno de los lagos del reino, se encontraron, se miraron, hablaron y, definitivamente, se enamoraron. Fue este el momento más hermoso de sus vidas, pues por fin conocían lo que tanto tiempo habían sentido como utopía, y sus comportamientos hacia la vida cambiaron por completo, siendo ambos alegres, accesibles y generosos, pues de amor todo estaba repleto.

El matrimonio no se hizo demorar y su gobierno fue el más venturoso que se pudiera soñar. Toda este auge se podía fundamentar en un principio esencial, y éste era que la pareja nunca estaba en soledad, siempre se tenían el uno al otro, en cada instante, en cada momento, pues es lo que deseaban y lo que el corazón les dictaba como sentimiento. Pero pasó el tiempo, inexorable y despiadado, pues ni siquiera las emociones más trascendentales pueden detenerlo del todo, aunque cuando se es tan feliz, se pueda percibir que incluso el devenir se paralizaba en un desliz y ello aprovecharse para amarse con infinito sentir.


No obstante, el mundo, incluso éste dotado de imaginación e ilusión, está cargado de envidia, celo, rencor y desazón, pues había otro reino, no muy cercano pero insuficientemente lejano, que pretendía conquista y destrucción, nunca sabremos porque incoherente razón, pues el ser humano maltrata, daña y aniquila, sin pensar las posibles consecuencias que a los demás ello supone, sólo en los beneficios que le puede reportar en la egolatría que antepone. Innumerables tropas comandadas por un tirano partieron hacia el maravilloso castillo de tono marfil donde anidaba el amor y la pasión, y ello exigía una presta respuesta de sus gobernantes. Fue el rey quién se pronunció, con leve preocupación que sólo su esposa conocía, pero firme determinación:

- Nunca jamás nadie había osado atacar nuestro reino, pero mientras esté en mi mano, no permitiré que en nuestras idílicas tierras penetre enemigo armado. Ni siquiera bosques o lagos podrán apreciar, pues les cortaré el paso donde el cielo y la tierra se pretenden abrazar. ¡Allá!


Con estas palabras, el honrado rey infundió de euforia a su entregado y dichoso pueblo, que estalló en un feroz aplauso de emoción, pero también supo desde ese instante que la reina, que lo escuchaba con devoción, sentía una inmensa angustia en lo más profundo de su interior. Ella sabía que tendría que aguardar en su castillo, sin nada que poder hacer, sólo una larga espera para que su amado regresara sin perecer. Él conocía que iba a estar separado por completo de su amor, y le desanimaba hasta el punto de la desesperación, pero no podía permitir que en esa guerra le quitaran su mayor privilegio, que era con su amada esposa vivir.

Así pues, una mañana, al alba, reunió a sus más fieles seguidores, entre ellos no sólo caballeros y guerreros, también ciudadanos y campesinos de toda índole, montó en su caballo de nevada crin y noble trotar, y con la intencionalidad de marchar hacia ese horizonte mortal, sin olvidar dirigirse a su esposa, el amor de su vida, a la que en los labios besó y después sentenció:

- Volveré a ti, amor mío, pues no permitiré que la muerte se cierna sobre mí. Una vida te prometí al encontrarnos, pero de la eternidad dispondremos para amarnos.

Estas palabras afligieron el corazón de la reina por la creciente preocupación, que no pudo evitar estallar en un llanto de emoción, abrazando a su esposo con fuerza para susurrarle al oído con toda intención:

- Te esperaré, mi querido señor, pues no era vida lo que tenía antes de conocerte aquel día. Sin ti no podría vivir, sin ti sólo me restaría morir.

Ambos se separaron, deleitándose con un último y efímero beso, se miraron a los ojos, intentando aparentar la máxima compostura ante todo el pueblo que los esperaba con relativa amargura por la expectativa de la batalla, pero el rey levantó su espada, el acero centelleó en los cielos y en un decisivo movimiento, enfiló su arma hacia ese horizonte y en galope se precipitó hacia adelante, con una columna de fieles y agradecidos súbditos a su espalda, en una última mirada a su esposa, para transmitirle toda la confianza de que junto a ella pronto volvería.

Fueron varias jornadas a través de la tupida floresta, bordeando los lagos y las montañas que enriquecían este bello paisaje, hasta que llegaron hasta los límites del reino, en esa encrucijada que marcaba el firmamento, en la que, no muy lejos, se vislumbraba una columna de negro humo que coronaba un campamento de fieros combatientes, curtidos y avezados, que asimismo aguardaban con ansiedad que se produjera la contienda, pues tanto ofensores como defensores eran de misma naturaleza y con anhelos similares, no había diferencias en sus corazones, tan sólo dispares motivaciones.

No mucho tuvieron que aguardar, pues en escasas horas, antes del anochecer, ambos frentes empezaron a cargar, enfrentados en una cruenta e injusta batalla para unos, y en una necesaria y expansiva refriega para los otros. El astro solar se tiñó de rojo, quién sabe si por encontrarse en un ocaso que desteñía o por ser partícipe de esta horrible matanza adquiriendo el color de la sangre de todos los que morían. Las espadas seguían alzadas, entrechocándose en destellos argénteos y resonando en metálica melodía, un himno que atentaba contra la vitalidad y el optimismo, una sinfonía que preludiaba fatalidad y derrotismo. El rey era protagonista de esta lid, pues era diestro con el acero y certero con el proyectil, y avanzaba cortando filas enemigas, descargando su brazo con firmeza por doquier, abriéndose paso en un sendero de ruina hacia aquel que había atentado contra su amor verdadero, henchido de ira e inquina.


Por fin se encontraron y sus espadas fueron las que hablaron. Este duelo singular eclipsó el resto de la lucha, pues todos se detuvieron para observar como se decidía su destino, sometido al arbitrio de los hados, que todos esperaban que intervinieran en favor de su amo. Con sendos golpes entre espadas se saludaron, dotados de furibundas miradas y rostros desencajados, sin dejar de intercambiar estocadas y fintas sobre sus monturas, hasta que finalmente, ambos acabaron sobre el barro en descoyuntura. Se elevaron casi al unísono, levantando sus armas hacia el cielo oscurecido mientras corrían en frenética carrera hacia un encuentro definitivo. Tiempo tuvo para pensar este rey en su violento galopar, pues en su mente prevalecía como un candil que no se extinguía la imagen de su amada que le fortalecía y, alentado por ese amor imperecedero, tomo su espada con pulso certero, para adelantarse a su rival y atravesar su corazón en una estocada final.


La batalla parecía terminada, pues los gloriosos vítores y cánticos de felicidad poblaban toda esta mortífera explanada, pero algo ocurrió, cuando el monarca ya sólo pensaba en regresar junto a su amada. Su halcón, que había dejado en su hogar, llegó hasta él, con un pequeño pergamino manuscrito anudado en su pata. Desanudó nervioso la vitela que lo cubría y se encontró con unas palabras que desaveniceron su alegría:

"Su majestad, se dirige a usted el sanador mayor del reino. Su esposa ha caído terriblemente enferma, en un profundo sopor, del que nada ni nadie puede hacerla despertar, pues hemos comprobado con horror que se trata de un atroz mal, que sólo tiene una forma de sanar: con una gota de sangre del dragón que vive junto al mar."

Tras terminar esta lectura y sin género de duda, el rey se abrió paso entre sus vencedores vasallos e inició un vertiginoso trotar hasta la montaña donde habitaba esta criatura, pues ahora sólo podía pensar en esa cura que salvara a su amada de la infinita tortura, que sería tanto para él como para ella, su muerte prematura. Se puede considerar que casi voló hasta llegar a la cueva, en un acantilado que daba al mar, donde vivía este temible y legendario ser, el dragón, astuto y atroz en la misma medida. Ni lo pensó cuando descabalgó, su espada desenvainó y marchó al encuentro del gigantesco reptil, que parecía esperarle presto en la puerta de la caverna, esbozando una maligna sonrisa y mostrando sus colmillos y garras:

- Así que piensas que puedes arrebatarme una gota de mi sangre, pequeño humano. No importa el motivo, aquí sólo encontrarás castigo. Tu esposa muere aquí, ¡contigo!


No hubo más que decir, pues estas palabras inflamaron el preocupado corazón del rey, que eludía con inmensa dificultad las embestidas de la bestia, pero se mantenía firme y entero, pues su cuerpo estaba alentado por algo más que su furia. Recibió un feo zarpazo en su hombro y un terrible mordisco en su pantorilla, pero cuando se hallaba entre las fauces del dragón a punto de ser devorado, levantó su espada en un movimiento desesperado y la hundió en su cabeza hasta que la vida del pérfida alimaña hubo agotado. Tomó un vial con su sangre, y lo anudó en la pata de su halcón, ya que sabía que llegaría mucho antes que él a su reino para salvar a su amor.

Retomó su galopar, esta vez de regreso a su hogar, pues no podía esperar, quería estar con su esposa y si se había curado comprobar. Pero divisó en los cielos, un par de jornadas después de que iniciara su retorno, como el halcón volvía a él, con otro pergamino enrollado en sus garras, que lo peor le hacía temer, pero que no esperó para leer:

"Su majestad, se dirige a usted el sanador mayor del reino. Su esposa continúa terriblemente enferma, en un profundo sopor, del que nada ni nadie puede hacerla despertar. La sangre de dragón no ha surtido efecto alguno, por mucho que hemos rogado. Pero tiene otra forma para sanar: la lágrima de una ninfa del lago crepuscular."

Fue en ese momento cuando su camino se volvió a desviar, para dirigirse rápido y sin esperar, a ese lago vesperal, que se encontraba a varias jornadas de distancia de donde se encontraba. Debía hacerlo de noche, cuando el manto de la penumbra cubriera todo ese lugar, pues era el único momento del día en el que podría a las ninfas contemplar. Y así fue como llegó, cuando la luna refulgía plateada y reflejada en las cristalinas aguas, como pudo observar a una ninfa en su ribera, peinando sus cabellos distraída, con una sencilla y mágica sonrisa dibujada en su preciosa faz. El monarca se acercó a ella, sin intención de atacar o asustar, suspiró desasosegado y se arrodilló entregado:

- Oh, hermosa ninfa, que habitas en este extraordinario lago crepuscular, necesito que escuches mi plegaria, bajo esta noche de luna luminaria.


La ninfa se giró atemorizaba y a punto estuvo de huir acobardada, pues era de naturaleza pacífica y asustadiza, y un poderoso hombre armado se hallaba frente a ella, y parecía en liza. Pero algo en su voz le infundió curiosidad y terminó por sentarse en una pequeña roca para escuchar, asintiendo con su cabeza, animando al regio caballero para que comenzara a hablar.

- De una lejana tierra vine a combatir, pues no tuve más remedio que hacerlo para sobrevivir. Pero mi vida no podría seguir, si mi amada esposa llegara a morir. Nuestro amor no conoce parangón y todo lo daría por ella para que volviera a latir su corazón. Ahora se halla al borde de la muerte, y yo busco con escasa suerte, un remedio que de su mortal sopor la despierte. Mi vida te entregaría si la desearas, tan sólo por una lágrima tuya que derramaras.

Sin embargo, no fue necesario que el rey le entregara nada, pues el corazón de la ninfa se había estremecido con esta historia y la pena la había embargado de tal manera, que lloraba como no lo hacía en eras y una lágrima de sus ojos le entregó para satisfacer su antojo. Después, se sumergió en su lago grácilmente, para limpiar su rostro y aliviar su semblante. Pero esto ya no lo observó el rey, que volvió a recurrir a su ave para que llevara el remedio nuevamente a los sanadores, mientras él reanudaba su vuelta, esta vez mucho más esperanzado.

Pero la esperanza es un árbol que se mece sometido a los designios del destino y cuando ya divisaba su camino, vio como volvía ese halcón, que se había convertido para él en un cuervo de mal augurio a pesar del inestimable trabajo que realizaba, con otra nota enrollada. El rey la tomó con inevitable nerviosismo y un profundo desánimo, y se dispuso a conocer la nueva con pesimismo:

"Su majestad, se dirige a usted el sanador mayor del reino. Su esposa continúa terriblemente enferma, en un profundo sopor, del que nada ni nadie puede hacerla despertar. La lágrima de una ninfa no ha surtido efecto alguno, por mucho que hemos rogado. Pero tiene otra forma para sanar: el corazón de la diosa del bosque, si lo podéis encontrar."

Sabía el rey que ese corazón era un legendario rubí, de inmensa belleza y mágicas facultades, que podría devolver la vida a cualquiera que sintiera que la abandonaba, pero nunca un humano antes lo había visto y sólo pertenecía al mito desde hacía centurias. Decidió no pensar en las inclemencias ni las imposibilidades, pues la vida de su esposa, y por lo tanto su propia vida, ya que la amaba por encima de ésta, estaba a punto de apagarse, no tenía tiempo para demorarse. En el último aliento de su montura, la encaminó hacia esa boscosa espesura y la dejó reposar en el linde, a la espera de que él regresara, si lo hacía, pues pocos se aventuraban en ese lugar de siniestra superchería.


Cual fue la sorpresa del monarca cuando, a pesar de esas ancestrales advertencias de los peligros que entrañaba el lugar, se encontró con un preciosa y radiante arboleda, poblada por toda clase de animales de esencia apacible y aspecto inocente y plantas de vivos colores y perfume embriagante. Pero no se quiso detener en estos deleites y las delicias que le rodeaban, y continuó avanzando con firmeza por un secreto sendero que conducía hacia un saliente en una pequeña elevación, donde surgía reluciente y majestuosa una fantástica catarata en la que se proyectaban haces de luz provocando que caleidoscópicas sensaciones poblaran la atmósfera del lugar. Ni tan siquiera esto logró que su mente olvidara por un instante lo que le ocurría a su amada y todo el amor que por ella sentía. Esta determinación le condujo hasta el interior de reborde, bajo la cascada, donde había una estancia en la que había sentada una desnuda mujer de perenne belleza, deseo inextinguible y voluptuosas formas, que se insinuaba con cada parpadeo de sus profundos y celestiales ojos de azur fúlgido. Sus sensuales y ardientes formas sólo estaban ornamentadas con una encadenada joya que caía suavementre entre sus senos, siendo ésta esa carmesí gema que tanto necesitaba.

El rey quedó hipnotizado durante un imperceptible pálpito por esta inmortal hermosura, pero recobró el sentido con presteza, pues lo que le apremiaba a mantener la lucidez era un sentimiento mayor que cualquier deseo y emoción. Avanzó con determinación hacia esta mujer y hablando con respeto realizó su petición:

- Hermosa señora que habitas en este bello lugar, he de hacerte una petición. He venido a buscar el rubí que adorna vuestro corazón, pues lo necesito para que mi amada esposa viva y podamos compartir por siempre nuestro amor.


La mujer esbozó una seductora y fascinante sonrisa, al tiempo que conducía una de sus manos lentamente hacia el rubí para acariciar su desnudez con él, haciendo que cualquier mortal que se preciara cayera de manera irremediable en este cautivador hechizo de promiscuidad y lujuria. De inmediato, miró al monarca con una incontenible lascivia, que se percibió en su armoniosa voz cuando le habló en respuesta:

- Honorable señor, que gobiernas en ese reino tan dichoso y próspero, aquí lo único impera es mi deseo. Y mi deseo ahora es que nuestros cuerpos unamos en desbordante pasión y puedas sentir conmigo ese mismo amor. Ven a mí, hazme el amor y el rubí será tuyo, como lo será mi corazón.

Pero una negativa se dibujó en el preocupado y enjuto rostro del rey, que terminó por inclinarse ante la libidinosa dama, para emitir una desesperada súplica:

- Sólo tengo un corazón que perder, hermosa señora. No podría entregaros el mío pues ya tiene dueña, como también lo tiene mi deseo. Os ruego que me cedáis ese rubí a cualquier otro precio excepto a ese, pues no puedo daros lo que ya he ofrecido a la mujer que amo y que siempre amaré.

La mujer abrió los ojos con escéptica incredulidad, como si acabaran de liberarla de un maleficio que la tenía esclavizada a este lugar y se arrancó del cuello la cadena con el rubí, en una violenta sacudida, para entregárselo al hombre que se había resistido a su invencible y arrollador encanto, y que ya le daba la espalda para regresar veloz junto a su amada, mientras ella se preguntaba tristemente si alguna vez podría sentir un amor tan profundo como ese.

Tras salir del magnético y sugestivo bosque, con la joya en su poder y, otra vez, a una vasta distancia para regresar a su hogar junto a su esposa, decidió, por última vez, enviar a su amaestrado halcón con la hipotética cura al castillo, mientras él galopaba poniendo toda su alma en el trotar hasta provocar la extenuación de su montura de regreso. No quería ni imaginar lo que ocurriría si este remedio también fracasaba, pero sabía que lo intentaría todo hasta que su esposa recobrara el sentido y pudiera seguir viva, pues sentía que anteponía su existencia a la suya propia.

Y fue tras varios días de viaje cuando, al fin, atisbó en la distancia los lustrosos y esplendorosos pináculos de su espléndida fortaleza, pero también, cortando los cielos en ese instante, precisamente alzando el vuelo de su propia estancia donde se encontraría su esposa encamada, al halcón que volvía con funestas noticias para él. Pero en lugar de esperar a que el ave le ofreciera fielmente el pergamino, espoleó a su consumido caballo, para que hiciera un último esfuerzo y en furioso cabalgar llegara hasta su plateada ciudad.

En cuanto hubo cruzado el pórtico de entrada, descabalgó con aptitud y habilidad, y corriendo atravesó todas las zonas de la ciudadela hasta llegar a la fortaleza, en la que esperaba multitud de siervos, caballeros y sanadores, a los que tuvo que apartar, cuando todos le trataban de alentar por algo terrible que había pasado y que todavía no había asimilado. Arribó a la puerta de la habitación que compartía junto a su amor, donde habían vivido tantas noches de cariño y pasión y exigió a viva voz que todo el mundo se marchara y les dejara solos, para compartir su despedida y su dolor, probablemente con ambos sumidos en el eterno sopor.

Su corazón se encogió cuando contempló como el rostro de su amada estaba prácticamente marchito por la aflicción, pero sin diligencia alguna la tomó de la mano y se arrodilló junto a ella, derramando incontenibles lágrimas mientras hablaba con desesperación:

- Oh, amor mío, tú que das sentido a mi vida, te necesito conmigo. No te marches, no ahora que te he encontrado y sólo quiero amarte por encima de todo lo que poseo. Renuncio a mi corona, renuncio a mi reino, pero jamás renunciaré a mi reina. Pues no necesito imperio ni poder si te tengo a ti y te puedo querer.


Finalmente, el monarca terminó abrazando a su esposa, que seguía sin reaccionar, a pesar de tener sus manos manchadas con su propia sangre, a pesar de bañarla con sus propias lágrimas y a pesar de que su corazón se fuera deteniendo a medida que se posaba sobre su cuerpo, que continuaba sin responder. Pero algo sucedió durante ese abrazo, y no había ni sangre de dragón, ni lágrimas de ninfa, ni corazón de diosa, sólo el suyo, el que realmente siempre había anhelado y necesitado la reina, que abrió los ojos y volvió asentir como la vida volvía a ella.

Ahora, sin feudo ni poder, pues ambos abdicaron tras un amanecer, podían ser los reyes del único reino al que querían pertenecer: el reino de su amor...

... en el que no hay otro antídoto para el sufrimiento y la enfermedad que no sea permanecer juntos durante toda la eternidad.


domingo 8 de noviembre de 2009

Por si acaso nunca nos encontráramos de nuevo: Klimt 1918


Hoy ha sido un arduo e interminable día para ti, sea por la razón que sea. En realidad, sabes que en muchas ocasiones sobran los argumentos para necesitar que una jornada termine, para anhelar regresar a tu casa y poder encontrar en ella, en la intimidad de tu habitación, en el silencio de tus paredes y en la quietud de tu respiración, esa serenidad que te ha faltado a lo largo del día, un sosiego del que precisas más que del propio aire que respiras.


Te desnudas, pues la ropa de calle te molesta, incluso te pesa y entorpece, y buscas algún
conjunto lo suficientemente cómodo para sentir como si nada llevaras puesto... o, decididamente, nada llevas. No quieres más ataduras físicas, tu mente está lo suficientemente agotada y al borde del síncope por haber tenido que aguantar, soportar, contener y tolerar tantas cosas durante las últimas horas que lo único que pides es relajarte.


No puedes descansar, ni dormir, tampoco es que quieras hacerlo. Sólo necesitas un momento de meditación, puede que horas de instrospección, para poder dejar que tu cuerpo y tu mente recuperen ese estado de sosiego del que no debería haber salido. Subes la persiana, abres ligeramente la ventana, pues el intenso viento sigue asolando el ambiente y miras ese plomizo y nublado cielo, pensando que tu vida en ese momento no difiere mucho de su grisácea tonalidad. Pero en lo plúmbeo, en la melancólica soledad de tu habitación, comienzas a reflexionar sobre lo que te rodea, acerca de esas pequeñas cosas que tienes a tu alrededor, a las que nunca das la importancia que merecen, pues estás demasiado ocupado en tus trascendentales obligaciones y tus compromisos laborales, académicos o sociales.


Ese pensamiento provoca que encuentres una tímida relajación, especialmente cuando fijas tu mirada en ese disco que lleva tanto tiempo ahí y no has escuchado. Dopoguerra se titula, de un grupo llamado como un simbolista pintor, en el que figura también el año de su muerte, Klimt 1918. Te alzas para comtemplarlo más de cerca y, como si tu cuerpo se moviera por una voluntad que desconoces, terminas poniendo el disco y, los primeros acordes inican una sensación que jamás habías experimentado...


Klimt 1918 es música, no un género en el que se pueda catalogar. Ni aún intentándolo escuchando profundamente todas sus canciones podemos atrevernos a etiquetar esta genial banda italiana que desde hace unos años nos deleita con sus intimistas y nostálgicos discos, cargados de un carácter sencillo y confortante, que desencadena en el que lo escucha toda clase de sensaciones placenteras y apaciguadoras. Es la banda sonora de esas pequeñas cosas que dan sentido a la vida, y que sólo necesitan del pequeño empujón rockero y melódico de este grupo para que cobren toda la importancia existencial que merecen.

Tras una primera demo llamada Secession Makes Post Modern Music, apareció su disco de inicio, Undressed Momento, en 2003, con el que nos ofrecieron una evidente enunciación del tipo de música que deseaban hacer, cargada de pasajes rítmicos muy melódicos, voces limpias y suaves y un ambiente armonioso y tranquilo, que incluso podía acercarse a la vanguardia musical por su carácter bizarro en la lírica.


Aunque no fue hasta 2005 cuando, en el centro de una vorágine musical de estilos, corrientes y
tendencias, apareció Dopoguerra, probablemente su mejor disco hasta la fecha, que supuso que algunos, quizá demasiado pocos, descubriéramos este maravilloso y genial grupo, en el que la melodía progresiva cobró un gran protagonismo, emparejada con ese sustrato melancólico, simplista e intimista, antes mencionado, que hacen característico al sonido de este grupo. Los riffs oscilan entre la pesadez y la levedad y la lírica, alterna el inglés y el italiano, en un delicioso contraste para los oídos, principalmente para nuestro también latina percepción.


Su último disco data de 2008, siendo titulado Just In Case We’ll Never Meet Again, el cual fue esperado casi con ansiedad con esa pequeña hornada de personas que habíamos encontrado un tesoro de valor incalculable en el hallazgo de este grupo, y no nos decepcionó en absoluto. Su sonido sufrió un pequeño cambio, puede que el necesario considerando la evolución de sus melodías, hacia una sensaciones más ambientales y etéreas, sin perder en absoluto el protagonismo de las guitarras , asemejándose más que nunca a otros grupos de culto como Anathema, Katatonia, Riverside, Dredg o Novembre. Se incorpora, a su vez, el elemento de los coros, que es cabalmente el que dota al disco de esa nueva naturaleza atmosférica.

Lo más evidente de este grupo, al margen totalmente de su desarrollo musical, es que desde el primer instante en el que lo escuchas, sientes una sensación de quietud y placidez que no te abandona en ninguna de sus otras canciones. Junto a ello, ese rasgo soñador y melancólico que te envuelve con cada acorde y esa sencilla y suave voz que te mece como si estuvieras tumbado en la nube más mullida de los cielos, y que te propicia algo impagable en los últimos tiempos: detenerte a pensar qué haces con tu vida y valorar aquello que te rodea pero que sientes que nunca tienes tiempo de admirarlo. Temas como: Snow of 85, We Don't Need No Music, Rachel, Stalingrad Theme, Sleepwalk in Rome, Lomo, Skygazer o Ghost of a Tape Listener, son una inestimable ayuda para poder sentir esa sensación tan sosegadora.


En mi particular caso, esa interpretación de su música ha ido transformándose a medida que mi propia existencia recorría su devenir, partiendo desde esa dulce melancolía que hacía que yo pudiera valorar la mía más de lo que hubiera imaginado, pasando por una profunda tristeza que loaba la añoranza de lo que no tenía y anhelaba y llegando hasta el punto actual, en el que tengo la maravillosa sensación de que estoy charlando animadamente con un viejo amigo que hace mucho que no veo, pero con el que he compartido tantos momentos, más malos que buenos, refugiándome en sus brazos para encontrar ese consuelo del que adolecía.

Ese viejo amigo, la soledad, al que nunca más querré volver a recurrir en mi existencia... y al que yo también advertí, hace unos días, que me despedía para siempre...

... por si acaso nunca nos encontráramos de nuevo...

DISCOGRAFÍA


Secession Makes Post-Modern Music (2000)
Undressed Momento (2003)
Dopoguerra (2005)
Just in Case We'll Never Meet Again (2008)

MIEMBROS

Marco Soellner: vocalista y guitarrista
Davide Pesola: bajo
Paolo Soellner: batería
Francesco Conte: guitarrista
Web oficial: http://www.myspace.com/klimt1918

VIDEOTECA

KLIMT 1918 - THAT GIRL (Undressed Momento)


KLIMT 1918 - SNOW OF '85
(Dopoguerra)


KLIMT 1918 - SLEEPWALK IN ROME (Dopoguerra)


KLIMT 1918 - SKYGAZER (Just in Case We'll Never Meet Again)


KLIMT 1918 - GHOST OF A TAPE LISTENER (Just in Case We'll Never Meet Again)